miércoles, 27 de febrero de 2013

FEDERICO GARCÍA LORCA


MUERTE DE ANTOÑITO  
EL CAMBORIO


Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrella clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.

    Antonio Torres Heredia. 
    Camborio de dura crin,
    moreno de verde luna,
    voz de clavel varonil:
    ¿Quién te ha quitado la vida
    cerca del Guadalquivir?
    Mis cuatro primos Heredias
    Hijos de Benamejí.
    Lo que en otros no envidiaban,
    ya lo envidiaban en mí.

   Zapatos color corinto, 
   medallones de marfil,
   y este cutis amasado
   con aceituna y jazmín.
   ¡Ay, Antoñito el Camborio,
   digno de una Emperatriz!
   Acuérdate de la Virgen
   porque te vas a morir.
   ¡Ay Federico García,
   llama a la guardia civil!
       Ya mi talle se ha quebrado
       como caña de maíz.

      Tres golpes de sangre tuvo

      y se murió de perfil.
      Viva moneda que nunca
      se volverá a repetir.
      Un ángel marchoso pone
      su cabeza en un cojín.
      Otros de rubor cansado
      encendieron un candil.
                                                     
 Y cuando los cuatro primos
 llegan a Benamejí,
 voces de muerte cesaron
 cerca del Guadalquivir. 

   Romancero gitano, 1928





PEQUEÑO VALS VIENÉS

Dibujo de Federico García Lorca
En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados,
hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
Procedencia de la imagen
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals, este vals del "Te quiero siempre".

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orillas tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

    Poeta en Nueva York, 1929.


Ana Belén dedicó a  García Lorca en 1998 el disco Lorquiana, en el que ponía música y voz a varios poemas del poeta. Pinchando aquí accederás a las letras de estos poemas y si quieres escuchar la versión musical de "Pequeño vals vienés" escucha el siguiente vídeo:







    
                                             

Para escuchar otros poemas del poeta y conocer mejor su vida y su trayectoria literaria entra en la entrada del blog Federico García Lorca

Para terminar os dejo dos poemas, el primero pertenece a su elegía "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías" y el segundo es uno de sus sonetos del amor oscuro:

LA SANGRE DERRAMADA


¡Que no quiero verla!
Dile a la luna que venga, 
que no quiero ver la sangre 
de Ignacio sobre la arena.
¡Que no quiero verla!
La luna de par en par. 
Caballo de nubes quietas, 
y la plaza gris del sueño 
con sauces en las barreras.
¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema. 
¡Avisad a los jazmines 
con su blancura pequeña!
¡Que no quiero verla! 
La vaca del viejo mundo 
pasaba su triste lengua 
sobre un hocico de sangres 
derramadas en la arena, 
y los toros de Guisando, 
casi muerte y casi piedra, 
mugieron como dos siglos 
hartos de pisar la tierra. 
No.
¡Que no quiero verla!
Por las gradas sube Ignacio 
con toda su muerte a cuestas. 
Buscaba el amanecer, 
y el amanecer no era. 
Busca su perfil seguro, 
y el sueño lo desorienta. 
Buscaba su hermoso cuerpo 
y encontró su sangre abierta. 
¡No me digáis que la vea! 
No quiero sentir el chorro 
cada vez con menos fuerza; 
ese chorro que ilumina 
los tendidos y se vuelca 
sobre la pana y el cuero 
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome! 
¡No me digáis que la vea!
No se cerraron sus ojos 
cuando vio los cuernos cerca, 
pero las madres terribles 
levantaron la cabeza. 
Y a través de las ganaderías, 
hubo un aire de voces secretas 
que gritaban a toros celestes 
mayorales de pálida niebla. 
No hubo príncipe en Sevilla 
que comparársele pueda, 
ni espada como su espada 
ni corazón tan de veras. 
Como un río de leones 
su maravillosa fuerza, 
y como un torso de mármol 
su dibujada prudencia. 
Aire de Roma andaluza 
le doraba la cabeza 
donde su risa era un nardo 
de sal y de inteligencia. 
¡Qué gran torero en la plaza! 
¡Qué buen serrano en la sierra! 
¡Qué blando con las espigas! 
¡Qué duro con las espuelas! 
¡Qué tierno con el rocío! 
¡Qué deslumbrante en la feria! 
¡Qué tremendo con las últimas 
banderillas de tiniebla!
Pero ya duerme sin fin. 
Ya los musgos y la hierba 
abren con dedos seguros 
la flor de su calavera. 
Y su sangre ya viene cantando: 
cantando por marismas y praderas, 
resbalando por cuernos ateridos, 
vacilando sin alma por la niebla, 
tropezando con miles de pezuñas 
como una larga, oscura, triste lengua, 
para formar un charco de agonía 
junto al Guadalquivir de las estrellas. 
¡Oh blanco muro de España! 
¡Oh negro toro de pena! 
¡Oh sangre dura de Ignacio! 
¡Oh ruiseñor de sus venas! 
No. 
¡Que no quiero verla! 
Que no hay cáliz que la contenga, 
que no hay golondrinas que se la beban, 
no hay escarcha de luz que la enfríe, 
no hay canto ni diluvio de azucenas, 
no hay cristal que la cubra de plata. 
No. 
¡¡Yo no quiero verla!!
                   

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, 1935.


                                    SONETO DE LA DULCE QUEJA
                                                  
                                          
                                     Tengo miedo a perder la maravilla 
                                   de tus ojos de estatua y el acento 
                                      que de noche me pone en la mejilla 
                            la solitaria rosa de tu aliento.
                                Tengo pena de ser en esta orilla 
                                        tronco sin ramas; y lo que más siento 
                                   es no tener la flor, pulpa o arcilla, 
                                 para el gusano de mi sufrimiento.
                               Si tú eres el tesoro oculto mío, 
                                    si eres mi cruz y mi dolor mojado, 
                           si soy el perro de tu señorío,
                                        no me dejes perder lo que he ganado 
                         y decora las aguas de tu río 
                                  con hojas de mi otoño enajenado.
   
                                     Sonetos del amor oscuro, publicados en 1986
   

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