Mañana 16 de marzo se celebra el día de la Enseñanza, una fecha para homenajear esta bella profesión a la que nos dedicamos y para sentirnos orgullosos de lo que hacemos. Porque como decía Simón Bolívar "el objeto más noble que puede ocupar al hombre es ilustrar a sus semejantes". Sin embargo, no corren buenos tiempos para la educación: los docentes nos sentimos incomprendidos, desmotivados en nuestro quehacer diario y no valorados por la sociedad.
A pesar de todo ello, todavía a algunos nos queda algo de vocación y ganas de enseñar a nuestros alumnos, aunque nuestros deseos de enseñar chocan con la cruda realidad: los chicos de hoy en día no sienten interés por aprender porque los saberes de la escuela les aburren y no les resultan útiles (¿Y para qué me va a servir esto?), no se valora el esfuerzo y quieren obtener buenos resultados sin estudiar. Algunos están en el instituto obligados y se dedican a molestar a los que quieren aprender, otros se extrañan si suspenden porque si se portan bien y hacen la tarea hay que aprobarlos (aunque suspendan los exámenes) y luego quedan los alumnos brillantes que sobreviven en un sistema educativo deficiente. Y ante este panorama, los docentes hacemos lo que podemos...A veces, intentamos enseñar más de la cuenta y claro, los alumnos se rebelan porque, ¿para qué ampliar temas?¿para qué hacer trabajos?¿para qué leer libros? Es muy cansado hacer todo esto.... Mejor aprendemos lo mínimo, hacemos un examen facilito y todos aprobados. Así eres un buen profesor. Y esta es la realidad: aprender es lo de menos, lo importante es aprobar. Como me decía un antiguo alumno: "Maestra, apruébanos, aunque no sepamos nada. Tontos pero felices". Y ese es el lema actual, tontos pero felices.
1) Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2) No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la
mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3) Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más
graciosas.
4) No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle
complejos de culpabilidad.
5) Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se
acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6) Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos,
cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de
basura.
7) Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizás por su propia conducta, quede
destrozada para siempre.
8) Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer
del mismo es necesario trabajar.
9) Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y
la austeridad podrían producirle frustraciones.
10) Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y
vecinos.
Y así están las cosas. Los padres tenemos una labor importantísima que realizar: educar a nuestros hijos. Es una tarea difícil pero no imposible si lo hacemos con cariño, interés y estableciendo unas normas. Y para que los hijos valoren la educación que se les da en la escuela, los padres deben valorar el trabajo que hacen los profesores, reforzar la autoridad del docente y educar a sus hijos en los principios del respeto y del esfuerzo.
Nosotros, los profesores, queremos seguir manteniendo la ilusión por enseñar porque aunque no lo parezca, nuestro trabajo da sus frutos y lo que hacemos sirve para algo. Desde aquí, quiero felicitar a todos los profesores que día a día luchan en las aulas por enseñar a sus alumnos y también a todos los padres y educadores que siembran en sus hijos los valores del respeto, la perseverancia y la ilusión por aprender.
Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca,
hay que medir, pensar, equilibrar,
y poner todo en marcha.
Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino,
un poco de pirata,
un poco de poeta,
y un kilo y medio de paciencia concentrada.
Pero es consolador soñar,
mientras uno trabaja,
que esa barca, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestro propio barco,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.
Gabriel Celaya
Gabriel Celaya
Una entrada muy acertada, suscribo todas y cada una de tus palabras.
ResponderEliminarSaludos
Gracias Virginia por comentar en el blog. Un saludo desde Consuegra.
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