domingo, 26 de enero de 2014

TEXTOS DE MIGUEL DE UNAMUNO

   Para Unamuno, el gran tema de la filosofía es “el hombre de carne y hueso”, con sus angustias y sus contradicciones.  Él mismo se definió como un hombre siempre en lucha consigo mismo, “la paz es mentira”, solía decir. En el siguiente fragmento perteneciente a su obra Del sentimiento trágico de la vida (1913) nos habla de su contradicción íntima:   

  “Varias veces, en el errabundo curso de estos ensayos, he definido, a pesar de mi horror a las definiciones, mi propia posición frente al problema que vengo examinando, pero sé que no faltará nunca el lector, insatisfecho, educado en un dogmatismo cualquiera, que se dirá: "Este hombre no se decide, vacila; ahora parece afirmar una cosa, y luego la contraria: está lleno de contradicciones; no le puedo encasillar; "¿qué es?". Pues eso, uno que afirma contrarios, un hombre de contradicción y de pelea, como de sí mismo decía Job: uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida. Más claro, ni el agua que sale de la nieve de las cumbres.
Se me dirá que ésta es una posición insostenible, que hace falta un cimiento en que cimentar nuestra acción y nuestras obras, que no cabe vivir en contradicciones, que la unidad y la claridad son condiciones esenciales de la vida y del pensamiento, y que se hace preciso unificar éste. Y seguimos siempre en lo mismo. Porque es la contradicción íntima precisamente lo que unifica mi vida, le da razón práctica de ser.
        O más bien es el conflicto mismo, es la misma apasionada incertidumbre lo que unifica mi acción y me hace vivir y obrar”.

  Esa lucha de contradicciones íntimas le hizo reflexionar mucho sobre el sentido de la vida humana y unido a esta preocupación se encuentra uno de los grandes temas de su vida y de obra: el problema de Dios y de la inmortalidad. Sobre este tema se debatió sin cesar, entre la dudas de la existencia de Dios y el deseo de su existencia. Leed con atención “La oración del ateo”,  en la que encontramos a un Unamuno que desea creer en Dios, ya que la existencia de Dios haría posible su propia inmortalidad:

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras. 





Esta preocupación existencial aparece también en las novelas unamunianas. A continuación, os dejo un fragmento del capítulo XXXI de Niebla (1914) en el que el protagonista de la obra, Augusto, decide suicidarse pero no puede hacerlo porque es sólo un ente de ficción creado por Unamuno. Observad la conversación que mantienen el autor y su personaje:

––“¡No, no te muevas! ––le ordené.
––Es que... es que... ––balbuceó.
––Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
––¿Cómo? ––exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
––Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? ––le pregunté.
––Que tenga valor para hacerlo ––me contestó.
––No ––le dije––, ¡que esté vivo!
––¡Desde luego!
––¡Y tú no estás vivo!
––¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que me he muerto?  ––y   empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.
––¡No, hombre, no!  ––le repliqué––. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.
––¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse!  ––me suplicó consternado––, porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.
––Pues bien; la verdad es, querido Augusto  ––le dije con la más dulce de mis voces––, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...
––¿Cómo que no existo? ––––exclamó.
––No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.
Al oír esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira a  ir más allá, miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí y, la cara en las palmas de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:
––Mire usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.
––Y ¿qué es lo contrario? ––le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.
––No sea, mi querido don Miguel  ––añadió––, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...”

  Otro de los grandes temas unamunianos es la preocupación por España, lo que le llevaría a una meditación sobre su historia, sus gentes y sus tierras.  En su colección de ensayos En torno al casticismo nos ofrece su visión de Castilla, una visión subjetiva en la que el autor vierte sus sentimientos en el paisaje castellano. En esta obra, Unamuno  define su concepto de “intrahistoria”:

“Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo no llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del «presente momento histórico», no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombre sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y  van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madréporas suboceánicas echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que suele ir a buscar al pasado enterrado en los libros y papeles, y monumentos, y piedras”.

Su amor por España es inmenso y de él fue la famosa expresión de “Me duele España”.  Como otros autores del 98, Unamuno toma como símbolo de España las tierras castellanas, como se aprecia en este conocido poema unamuniano:

Tú me levantas, tierra de Castilla
en la rugosa palma de tu mano,
                                                           al cielo que te enciende y te refresca,
                                                           al cielo, tu amo.

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
  del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos,
tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
  y en ti santuario.

Es todo cima tu extensión redonda
y en ti me siento al cielo levantado,
aire de cumbre es el que se respira
      aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos,
si te son dignos bajarán al mundo
    desde lo alto!

sábado, 18 de enero de 2014

POEMAS MODERNISTAS DE ANTONIO MACHADO





RECUERDO INFANTIL 

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de lluvia tras los cristales. 

Es la clase. En un cartel 
se representa a Caín 
fugitivo, y muerto Abel, 
junto a una mancha carmín. 

Con timbre sonoro y hueco 
truena el maestro, un anciano 
mal vestido, enjuto y seco, 
que lleva un libro en la mano. 

Y todo un coro infantil 
va cantando la lección: 
«mil veces ciento, cien mil; 
mil veces mil, un millón». 

Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales. 


                         


 
El limonero lánguido suspende 
una pálida rama polvorienta 
sobre el encanto de la fuente limpia, 
y allá en el fondo sueñan 
los frutos de oro...

Es una tarde clara, 
casi de primavera, 
tibia tarde de marzo 
que el hálito de abril cercano lleva; 
y estoy solo, en el patio silencioso, 
buscando una ilusión cándida y vieja: 
alguna sombra sobre el blanco muro, 
algún recuerdo, en el pretil de piedra 
de la fuente dormido, o, en el aire, 
algún vagar de túnica ligera.
  
En el ambiente de la tarde flota 
ese aroma de ausencia, 
que dice al alma luminosa: nunca, 
y al corazón: espera.
  Ese aroma que evoca los fantasmas 
de las fragancias vírgenes y muertas.
  
Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, 
casi de primavera, 
tarde sin flores, cuando me traías 
el buen perfume de la hierbabuena, 
y de la buena albahaca, 
que tenía mi madre en sus macetas.
  Que tú me viste hundir mis manos puras 
en el agua serena, 
para alcanzar los frutos encantados 
que hoy en el fondo de la fuente sueñan... 
 Sí, te conozco, tarde alegre y clara, 
casi de primavera.


YO VOY SOÑANDO CAMINOS
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…
-la tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
“ya no siento el corazón”.
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir

en el corazón clavada”.

DABA EL RELOJ LAS DOCE...
                  Daba el reloj las doce... y eran doce
   golpes de azada en tierra...
           ¡Mi hora! —grité— ... El silencio
    me respondió: —No temas;
         tú no verás caer la última gota
  que en la clepsidra tiembla.
           Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja
         y encontrarás una mañana pura
       amarrada tu barca a otra ribera.


martes, 7 de enero de 2014

EL MODERNISMO Y LA GENERACIÓN DEL 98

Para que comprendáis mejor las características generales del Modernismo y de la Generación del 98 vamos a ver los siguientes vídeos. Recordad que vosotros los tenéis como dos temas independientes (uno sobre el Modernismo y otro sobre el 98) pero que, en realidad, ambos movimientos tienen características comunes y hay autores que desarrollaron una literatura modernistas y después plasmaron en sus obras las preocupaciones del 98 (como Valle-Inclán o Machado). Todo ello se explica en el primer vídeo que ofrece una estudio comparativo entre ambos movimientos, mientras que el segundo vídeo se centra en la estética modernista: 




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